2006, Capítulo I

2006, Capítulo I: todo tiempo pasado fue mejor

“La alarma está definida para dentro de 4 horas y 2 minutos”. Fue lo último que Lucas leyó en su celular antes de darse vuelta y dormirse. Era domingo (en realidad lunes) y por la mañana debía comenzar nuevamente su semana laboral. “¿Por qué -se decía- no me acosté más temprano? Siempre me pasa lo mismo”.

Se había dicho más temprano que ésta sería una noche tranqui, y que como mucho se dormiría cerca de la una luego de ver una película o una serie en la notebook. Pero no. Una vez más acudió al llamado de la noche. Un whatsapp a las nueve y media preguntándole qué hacía y si no le interesaba tomarse unas cervezas lo había hecho cambiar de opinión. Una vez más la noche tranqui se convertía en una noche. Así, sin adjetivos, porque Lucas, desde hacía años, no se acostaba antes de las dos.

Una canción para ambientar:

– El problema está en los palos…

– No, el problema está en llamarlas “selfies”, dejate de joder. Siempre le dijimos “fotos”, no entiendo las ganas de llamar a algo por otro nombre sólo porque está de moda.

– Todo es culpa de los Oscars…

– ¿Los Oscars?

– Sí. Fue cuando los ganadores de los premios Oscars 2014 se sacaron una selfie con la tablet de Ellen Degeneres…

– ¿Viste? A quién mierd* le puede importar eso. Te juro, Nico, esta época es la peor.

La charla era una de tantas, intrascendentes para el resto del mundo pero vitales para ese grupo de amigos. Todos eran compañeros de trabajo, pero los años y las cosas en común los llevaron a reunirse seguido y llevarse bien. Tenían más o menos la misma edad: entre 20 y 30. Nicolás era el más chico, con 20. Seguía Lucas con 24, Ramiro tenía 25 y Francisco 27 recién cumplidos. David y Fernando eran de los más grandes, con 29. A veces se unía Rafael, de 30, pero eran raras las ocasiones porque tenía un hijo y muchas veces se le complicaba.

Las reuniones no salían de unas cervezas o un asado en la casa de alguno. En realidad le escapaban a la rutina creando otra, pero sin leyes, descontracturada y con una frontera horaria sólo delimitada por el trabajo (y a veces las novias).

– Vos decís eso porque sos un amargado -le dijo Ramiro a Lucas. Mirá todo lo que tenemos o podemos tener: tocás dos o tres veces la pantalla y escuchás una canción que acaba de salir, o mirás un partido sin pagar nada… hace 20 años, ¡10! esto era impensado, complicado; sólo para algunos.

– Sí, pero no es eso lo que yo digo. ¿No les pasa que a veces sienten que se desperdician todos esos recursos? O sea: usamos estos tremendos aparatos -dijo señalando los celulares que estaban arriba de la mesa- para escribirnos entre nosotros y pasarnos videos pelotud*s o para mirar lo que los otros hacen.

– ¡Y hace diez años hacíamos lo mismo en el MSN! ¡Y hace 20 con las cartas o la TV! El problema no son los aparatos – insistió Ramiro.

– Es que yo no critico a la tecnología. Yo hablo de nosotros, de la sociedad. ¡Mirá el video boludo del tipo que baila con la alarma! -todos se ríen, Lucas continúa, envalentonado por las risas: Todo bien con el flaco, pero que use esos dones para actuar en una obra o algo…

– ¿Lo tenés al video? Pasámelo.

– ¿Y qué sabés si el loco no es actor? Capaz que se hace famoso con eso, capaz que lleva años actuando pero no trasciende. Siempre hubo boludos en la sociedad, Lucas. El problema es que ahora son visibles.

– A veces se zarpan -dijo Francisco.

– ¿Con qué?

– Con los celulares. A veces la gente se abusa. El otro día estaba en el Híper y en casi todas las mesas nadie se hablaba: estaban todos con el celular. Faltaba que entrara Rick con Glenn disparando a todos para que sea una escena de zombies…

– Insisto -dijo Ramiro- eso es culpa de la gente, no de los celulares. Nosotros estamos hablando y nadie mira el celular… -David, que en ese momento miraba su Facebook, deslizó lentamente el teléfono sobre la mesa, librándose de culpa).

– Déjense de joder, se calienta la cerveza -exclamó Fernando, sirviendo lo que quedaba en los vasos de cada uno. Cada cual que mire o no su teléfono, que se saque “serfis”…

– …selfies…

– … como sea, que se saque selfies con palos o escuche las carreras de bicicletas por AM. Todo el mundo es libre.

No era usual que hablaran de cosas “profundas”, que criticaran la vida que llevaban. Por lo general discutían sobre fútbol, mujeres y música. Pero hacía algunas semanas que a Lucas le daba vueltas la idea de estar desperdiciando la vida, de estar viviendo en una época llena de adelantos y posibilidades y desperdiciarla con redes sociales y videos por WhatsApp. Pensaba en el baile de la alarma cuando escuchó que ahora hablaban de la salida del sábado por la noche. Ya no habría lugar para reflexiones. Miró la hora y decidió que había que partir hacia el “sueño reparador”, como decía. Saludó a todos a pesar del reproche (“una más”, le decían; “ya es tarde”, respondió él con las llaves en la mano). Manejó hasta su casa escuchando música, sin pensar en nada concreto, y después de escribirse con Noelia, su novia, se duchó y se fue a acostar.

“La alarma está definida para dentro de 4 horas y 2 minutos”. Otra vez tarde, otra vez a levantarse con sueño. Siempre había algo: una juntada con amigos, una película en la tele, una serie para descargar, una charla por WhatsApp, un blog para leer o, como la mayoría de las veces, todo a la vez. El cartel de la alarma era la voz de la conciencia que le avisaba a Lucas que debería acostarse más temprano, que cuatro o cinco horas por noche no le alcanzaban; porque a la mañana se despertaba cansado e insultaba desde la cama al baño por tener que madrugar, pero también por haberse dormido tarde. El café hacía mucho que no surtía efecto, y la siesta no ayudaba para nada.

Pero ahí estaba él, a las 2:58, dejando el teléfono en la mesa de luz con la maldita alarma activada esperando que el reloj diera las 7 para sonar, con esa canción odiosa que alguna vez supo encantarle y que ahora, estúpidamente, tenía como despertador. “Cada vez que la escucho en la radio me deprimo, porque me hace acordar a cuando me levanto para trabajar” le dijo a su novia una tarde de mates.

En el grupo de WhatsApp de sus amigos comenzaban a llegar las fotos sacadas durante la reunión: estúpidas, sin sentido para cualquier mortal, pero importantes para ellos. Se convertirían en fotos de perfil o de portada, o simplemente terminarían siendo megas inservibles en la tarjeta de memoria.

“La alarma está definida para dentro de 4 horas y 2 minutos”. Y ahí estaba él dormitando, con la ropa planchada para el otro día en una silla al lado del ropero, lista para ese lunes que lo esperaba para entrar a las 8; con el café ya puesto en el filtro para no perder tiempo (siempre posponía la alarma un par de minutos), con las llaves del auto sobre unos papeles importantes que debía llevar sí o sí y no olvidarse.

“La alarma está definida para dentro de 4 horas y 2 minutos”. Ahí estaba Lucas, con sus 24 años, durmiendo luego de un fin de semana como todos, en este 2015 que lo encontraba de novio, con trabajo y con un departamento recién alquilado que todavía no terminaba de amoblar; con selfies, vestidos azules y negros o blancos y dorados.

“Batería baja, conecte el cargador”, dijo el teléfono sobre las cuatro de la mañana, pero Lucas ya estaba dormido como para escucharlo. En otro grupo alguien preguntó si alguno estaba despierto, pero nadie respondió. Un perro ladró en la lejanía, alguien tosió en la vereda y siguió, y una leve brisa cerró la ventana del dormitorio. Lucas sueña que está en una playa de Australia (?) y que tiene que jugar un partido de fútbol tenis con sus ex compañeros de la escuela. Nada convertía esa madrugada en especial. Todo era normal. Lo raro sucedería a la mañana.

Despertador. Lunes. Lucas festeja con un trofeo la victoria sobre el equipo de Malasia en fútbol tenis, extrañamente ahora sus compañeros son primos y tíos suyos, y la playa de Australia es la ribera de un río. La multitud grita eufórica su triunfo, y alguien pone música para festejar. Suena una melodía rara pero conocida de los parlantes. Es un sueño raro, como todos, pero la melodía aumenta tanto de volumen que despierta a Lucas.

Se acomoda en su cama y se siente raro. La música del sueño sigue sonando. Ésa no es la alarma de su celular. “Seguramente es la de alguien en la calle o en otro departamento”, pensó todavía aturdido por el sueño. Se siente inmensamente feliz sabiendo que puede seguir durmiendo, se acurruca, sonríe tontamente y se prepara para seguir durmiendo. Pero algo no anda bien…

Abre un ojo, se concentra unos segundos y encuentra lejanamente conocido el sonido. Además, ahora que está un poco más despierto, se da cuenta de la cercanía del ruido. La cama no es la misma. El techo tampoco: es el de la casa de sus padres y lo que suena en la mesa de luz es la alarma de un Motorola C115. Inmóvil y aturdido mira en todas direcciones. Está oscuro y no puede ver bien, pero se dibujan sombras conocidas, antiguamente conocidas. Busca su velador y no lo encuentra… “Estoy soñando… estoy soñan…”. La alarma del C115 se aleja, lentamente se pierde en la nebulosa del sueño y se apaga. Lucas duerme otra vez.

Cinco minutos después el sonido monofónico reaparece. Esta vez Lucas abre los dos ojos, se destapa bruscamente y se sienta en la cama. “¿Qué mierd* pasa?” Dice susurrando al ver cómo toda la habitación está iluminada por la luz azul de la pantalla del incansable teléfono que suena y suena. Se toca la panza pero ésta ya no está, ha sido reemplazada por unos pequeños pero marcados abdominales. Se toca la cara y no tiene barba, tampoco el tatuaje de Boca en el brazo.

Lucas no sabe qué está pasando, hasta que agarra el teléfono y mira la pantalla: “EsCuEla 06:05; posponer; apagar”. Revisa el teléfono y sí, es su teléfono, pero el de hace años… “¿Qué hace acá?”, se pregunta. Mira la hora y son las seis y seis de la mañana, del lunes 27 de marzo del año 2006.

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