2006: Capítulo II

 Déjà vu por la mañana

(Click aquí para ver el primer capítulo: Todo tiempo pasado fue mejor)

Lunes 27 de marzo de 2006. La habitación está teñida del azul de la pantalla del C 115 y Lucas está sentado, paralizado, en la cama y sin saber exactamente qué pasa. La ensoñación aún persistente lo invita a pensar que está soñando y que en realidad él sigue dormido, o sonámbulo, o aturdido; o quizás las tres cosas a la vez, pero definitivamente ése no es su teléfono, no es su cuarto, no es su ropa, no es su cuerpo. No es su año. “Estoy soñando… estoy soñando. Me voy a dormir y esto va a desaparecer. Qué flashero”. Se tapa y se acuesta boca abajo, sujetando la almohada sobre su cabeza con los brazos. La luz azul se apaga.

Música para ambientar:

Pero algo sigue sin andar bien. Lucas abre los ojos en la cueva hermética de tela y gomaespuma donde oculta su cabeza, y en la oscuridad alcanza a percibir el áspero roce del viejo acolchado deshecho que supo usar alguna vez. Vuelve a sentarse en la cama y esta vez toma el celular con determinación, como alguien decidido a encontrar un truco, un engaño. El aparato ilumina su cara con el penetrante azul, y las pixeladas y negras letras siguen diciendo “Lun, 27/03/2006”. Revisa los mensajes tratando de entender pero sólo encuentra conversaciones con chicas que se le hacen lejanamente conocidas, y que su memoria y la vida habían apartado de él. Entre los cómo estás y los qué hacés encuentra un “acordat d llevr lo d socials”, enviado por un tal “Franciscooo”. El corazón de Lucas comienza a acelerarse y un ejército de recuerdos comienza a marchar por su cabeza. Ahí le da el primer déjà vu.

“Esto ya lo he vivido”, se dice mientras deja el teléfono en la mesa de luz. “Ésta es mi pieza, la de la casa de mi vieja; acá debe estar el velad…” y la luz amarilla de un foco de 40 ilumina el hermoso desorden adolescente luego de un clic. “Ésa es mi vieja compu. ¡Mi mochila de Callejeros! El guardapolvo… el dibujo de La Renga en el bolsillo izquierdo, me acuerdo. ¡Mirá esa camisa! La vi hace unos días ordenando, ya no me queda. Está nueva…”. El otro día… el otro día. ¿Qué otro día? ¿Será posible? Lucas se pone de pie y recorre el cuarto, extasiado, aturdido, nervioso y con una permanente sensación de déjà vu que va y que vuelve, siendo fuerte unas veces y débil pero persistente en otras.

La alarma volvió a sonar y sacó a Lucas de su concentrado repaso. Esta vez apagó el despertador del teléfono y se sentó nuevamente en su cama. Desde ahí mira todo a su alrededor: le parece raro, se toca la cara, el lugar donde debería estar su panza. Está delgado, casi atlético. Tiene el pelo largo y desmechado. Se mira el hombro y efectivamente su tatuaje de Boca no está. Es él mismo, pero de hace años atrás. Con esta certeza de a poco empieza a darse cuenta de que no está dormido y que, sea lo que sea que esté pasando, tiene que solucionarlo.

Sin embargo, en la habitación de al lado se escuchan pasos. Alguien abre una puerta y camina por el pasillo. Se acerca al cuarto de Lucas y le habla al pasar: “Dale, cambiate que papá nos pasa a buscar en veinte minutos”. Los pies descalzos de Gema, la hermana de Lucas, enfilan hacia la cocina pero se detienen en la puerta que la conecta con el pasillo.

– ¿Me escuchaste, Lucas? ¡Ey! ¿Estás despierto?

– Ehh, sí… -Lucas se tapa instintivamente la boca al escucharse más agudo, más adolescente; se acomoda la garganta y responde de nuevo- Ejem… Sí, Gema, ya me cambio… ya me cambio. ¿Pero qué me pongo? –se dijo en voz baja. Los pasos se perdieron en la cocina, mezclados con el metálico tintinear de la tapa de la pava.

El segundo gran déjà vu que Lucas tuvo esa mañana vino cuando abrió la puerta de su cuarto y caminó por el pasillo hacia el baño. En la habitación de su madre se escuchaba el ruido de un pantalón rozando con una pierna y la radio con un Pajarito Benmuyal a los gritos. Todo era lejanamente conocido, como un sueño, pero real; vago pero palpable. Como ver de grande una película de la infancia, o no, mejor aún: Lucas tenía esa sensación de familiaridad que se siente cuando a la tarde se sigue teniendo presente el sueño de la noche anterior. Es recordar y vivir al mismo tiempo.

Ya totalmente despierto y cambiado, encaró cuidadosamente para el baño. En el camino se cruzó con su hermana y terminó de convencerse de que estaba, efectivamente (¡la puta madre!) en el 2006: Gema apenas era una niña, una púber de 12 años con esas pecas que el tiempo y la madurez le limpiaron de la cara. Pasó al lado suyo cepillándose los dientes y con la mochila en la otra mano, absorta, dormida todavía y pensando en lo que piensa todo el mundo a esa hora: en nada. A Lucas se le ocurrió llamarla a un rincón y contarle todo, pero luego se detuvo. No sabía si de verdad estaba en el 2006 o si el 2015 (y todos los años vividos) eran la realidad. La miró doblar por el pasillo y perderse en la oscuridad. Por un momento pensó que quizás ella también había viajado desde el 2015. “Ésa es buena. A ver… algo que sólo la Gema del 2015 podría responder… a ver”, se dijo mientras corroboraba, mirándose al espejo, que sí, que era él mismo pero joven. “¡Ja! Mi viejo cepillo de dientes…”.

– ¡Lucas, se te hace tarde! –Le gritó la madre mientras revolvía el café.

– ¡Sí, ma… ya salgo! – gritó, y se dijo: Qué voz de mierda que tengo… bah, que tenía. O que tengo, no sé. Y qué rico olor a café. Y pensar que no me gustaba a esa… a esta edad.

Tenía que salir del baño y enfrentar a la realidad. Como cuando llegaba borracho y tenía que disimilar, pero esta vez llegaba 9 años desde el futuro. Se miró por última vez al espejo, respiró profundo, tomó carrera y salió. Cerró despacio la puerta y se quedó expectante. En la cocina estaban su madre y su hermana desayunando. Esa escena se había perdido en su memoria (o quizás nunca había existido, o si existió él no le pasó importancia) y por un instante se quedó quieto mirando. “Regla número uno, Lucas, en esta cosa rara que está pasando: no llamés la atención”, se dijo mientras se sentaba, mirando atontado la cara juvenil de su hermana y los ojos verdes de su madre, libres de los anteojos que en el 2008 (¿o 2009?) tuvo que hacerse. “Quizás mi vieja también viene del 2015. Quizás el mundo entero volvió acá… a ver:”

– ¿Gema?

– ¿Hmmm? –respondió ésta con la boca llena.

– ¿Quién es Nisman? -Gema lo miró y frunció las cejas, con cara de no haber escuchado bien. Hizo un montoncito con las manos e intentó un “¿Quién?” con la boca todavía llena.

– No, nadie, dejá… dejá –Lucas disimuló sopando el pan con manteca en el café con leche. Agradecido de que su hermana no ahondara en el tema (¿qué le diría, que Nisman era el cantante de alguna banda?) pero preocupado al ver que ellas no venían, por lo visto, del 2015 como él.

Terminó el desayuno y se fue a su cuarto a cambiarse. No era, por lo visto, un día clave en su vida. No recordaba las noticias que pasaban en el noticiero ni la fecha le parecía conocida por algo importante. “¿Qué me habrá traído al 2006?”, se preguntaba mientras se ponía el guardapolvo. Lejos de pensar en “lo d socials” o en los cuadernos que debía llevar (“¿Qué materias tenía los lunes en primero?”) Lucas buscaba en su mente alguna respuesta a su extraño viaje, algún por qué o para qué (el “cómo” lo dejó de lado, no iba a profundizar en los meandros de la física). Miró su guardapolvo y sintió que lo que tenía puesto ya lo había visto, vivido y usado. Ese guardapolvo y la sensación de tocarlo, olerlo y verlo eran recuerdo y realidad a la vez. Su cuarto, su casa, su hermana y su madre eran el pasado, y él era ese pasado y un futuro lejano conviviendo en un presente cargado de un permanente déjà vu. Estaba viviendo algo que ya había vivido.

Dos bocinazos cortos lo trajeron de nuevo a la realidad. Abrió la mochila y se quedó pensando que a ese café con leche del desayuno era la segunda vez que se lo tomaban en la historia.

– ¡Lucas, Llegó el papi! –Le gritó su hermana desde el living.

– ¡Ahí voy! –Contestó Lucas, metiendo todos sus cuadernos y libros en la mochila-Ahí voy, ahí voy… alguno va a ser el de la materia de hoy –reflexionó corriendo suavemente el cierre.

Cuando salió y sintió el aire fresco de la mañana sintió el tercer gran déjà vu. Miró el frente de su casa (lleno de plantas y pasto, ajeno a la remodelación que le harían en el 2010 y que cambiaría el verde por el gris del cemento) y no pudo contener una fuerte emoción que le sobrevino en el pecho. En la calle lo esperaba el 504 oliva de su padre, ese que vendería el año siguiente para comprar un 206. Caminó hasta la puertita de entrada y ahí fue cuando verdaderamente cayó en la cuenta de lo que estaba pasando y de lo que estaba viviendo, cuando en su mente y en su pecho coincidieron las mismas sensaciones: la de ser un extraño, un intruso en un lugar lejanamente conocido. Lucas sentía que estaba de vacaciones, pero solo, en una ciudad que despertaba pero que en realidad no lo conocía. San Juan, ¡el mundo!, conocía al Lucas del 2006, y él ya no lo era.

Subió al auto y saludó a su papá, más joven también, con más pelo y con el saco que usaba en el trabajo que tuvo hasta el 2008. Se puso el cinturón y se echó en el asiento a mirar por la ventana. El Sol apareció detrás de los cerros, tímido, tibio. Un Sol que ya había salido para Lucas; un Sol que ya había iluminado esa ciudad, pero nadie lo sabía: para el resto era la primera vez que lo veían en ese lunes perdido en el tiempo.

“¿Alguien más estará pasando por lo mismo?”, se preguntaba Lucas. En su mente danzaban contradicciones interesantes que se hacían más fuertes mientras más se acercaba a la escuela: conocía muy bien a las personas con las que se cruzaría, pero no recordaba sobre qué habían hablado el viernes anterior o sobre qué hablarían ahora.

– Chau, pa. Gracias -Saludó Lucas al bajarse del auto.

– Chau, hijo. Beso… Nos vemos más tarde.

Ahí estaba la escuela San Martín, llena de alumnos esperando para entrar. Ahí estaba Lucas, mirando una escena que ya había vivido, con gente que hacía años que no veía (y si los había visto no era como ahora los veía: adolescentes). “Regla número dos, Lucas: no hablés de más”.

Juntó coraje, respiró profundo y dio el primer paso para entrar. Ahora ya no había vuelta atrás: entraría y vería a mucha gente que el destino había dispersado, haciendo de la secundaria un pequeño instante en la vida. De hecho, a Francisco, Fernando y Pablo, sus mejores amigos de la escuela, no los había visto más que un par de veces desde el Baile de Egresados.

Ahora se los encontraría otra vez, y ese “otra vez” nunca estuvo mejor dicho.

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