2006, capítulo VI

Capítulo VI: Ajo y agua

 

Es de noche en San Juan y la avenida de Circunvalación se extiende a los pies de Lucas, que la observa desde uno de los puentes. Sin embargo tiene le vista nublada; mira pero no ve. Quizás sea por las lágrimas que se acumulan sin caer, o tal vez por su estadio de desconexión con el mundo; probablemente sea por ambas razones pero a eso Lucas no lo sabe y ni siquiera ha pensado en ello. Ciertamente desconoce todo lo que lo rodea, todo lo que hizo, lo que no, y sobre todo, lo que hará.

Debajo del puente cruzan burbujas difusas de luz, algunas más rápido que otras. Pasan y pasan, interminables, eternas. Todo sonido está atenuado, como bajo el agua. La brisa lo despeina un poco. Toca la pantalla y vuelve a llamarla.

De pronto todo es claridad: las lágrimas han comenzado a caer.

Música para ambientar:


“Llamando a Mi amor :)”. Lucas insiste e insiste con Noelia, no para de llamarla a pesar de las negativas del contestador. Al lado de su nombre de contacto aparece un paréntesis con un 65 dentro. La batería está a punto de acabarse y le agrega un escollo, un problema más, a este callejón angosto donde se metió no sabe cómo. Atormentado, está decidido a hablar con ella aunque eso implique esperarla en la puerta de su casa.

“Aunque no sé… es medio obsesivo. Qué va a pensar el padre o la madre si me ven estacionado ahí, como si estuviera vigilándola. Tampoco quiero entrar; no sé si ella les habrá dicho algo o no. Además va a ser un momento muy incómodo: yo ahí, hablando de no sé qué cosas, esperando y poniéndome en evidencia. La puta madre, ¡no sé nada! ¿Cuál me mandé ayer?”.

Lucas piensa apoyado en el puente de la autopista. Intenta hacer memoria, hilvanar recuerdos, pero no logra completar bien qué pasó la noche anterior.

En realidad sí sabe… recuerda perfectamente “la noche anterior”, pero la del 2006. Con él chateando y elucubrando juntadas de plaza en un tiempo que ya quedó atrás. De “la noche anterior”, del 2015, no tiene recuerdos frescos. Eso es lo que más lo perturba: tiene una idea lejana, vaga, endeble de lo que pasó. Los hechos del 23 de marzo de 2015 a la noche se le presentan antiguos, borrosos y entrecortados, como si hubiesen sucedido hace años y no horas. Se recuerda tomando con sus amigos de la secundaria en una plaza y después bailando en su casa, aunque sospecha que esos no son recuerdos sino ideas que él ha creado en base a lo que vio en su departamento. ¿O sí son recuerdos? Porque ahora con la anguastia, que lo encierra contra la pared del callejón angosto, y los destellos de lucidez, como si un fluorescente a medio prender parpadeara no tan lejos, y el mechón que le molesta en el ojo, y la batería baja, y el malestar resáquico, y el 2-6-4… 5-0-7 etc. del contestador, y la imposibilidad de pensar en otra cosa que no sea su novia, y el conflicto, y las innumerables soluciones, y sus soliloquios, y en la gente que pasa y no tiene problemas, o no se nota si los tienen, y el perro que se le acercó y que le mueve la cola, y el salí, salí… salga, salga, y el venga, venga que usted no tiene la culpa, y el pantalón sucio con la marca inocente de una pata que, quizás, jamás sufrió por amor, aunque sí por otras cosas, y un bocinazo irritante y los autos que pasan, y el mundo que no para… y la impotencia, la terrible impotencia de no saber siquiera qué decirle a Noelia si en lugar de dejar sonar el teléfono, o de ponerlo en modo avión, o de dejarlo en silencio, o de clavarle vistos, o de seguir publicando cosas intrascendentes en Facebook… decidiera contestarle; con todo eso no puede pensar bien.

Lo único que Lucas sabe, porque esas cosas se saben: todo el cuerpo lo grita, es que estuvo ebrio, muy ebrio, pero nada más. El resto son incertezas. Imágenes cortadas de una secuencia incompleta, gris, que no se termina de acomodar en la mente, ni en ningún otro lugar… ¿en dónde más se acomodaría un recuerdo?

Una burbuja de luz pasó muy rápido por la autopista y el choque sonoro contra el puente distrajo a Lucas. Volvió, entonces, a buscar las razones de esta mezcla de sensaciones temporales, o de lagunas, ciénagas mejor, en la memoria. “¿Tendré que ir a un médico? ¿Realmente estuve en el 2006 ayer, para empezar?”. Pero todo era tan claro, tan real.

“Llamando a Mi amor :)”. Insiste por sexagésima sexta vez, y el porcentaje de batería baja más. Sus opciones por esa noche comienzan a terminarse y no ve otras salidas que ir a esperarla a su casa, a riesgo de quedar, evidentemente, muy sospechoso ante los padres y vecinos, o volver a llamar a las amigas. No deja que pase un minuto sin pensar en cómo reconciliarse porque sabe, perfectamente, que no hizo nada de lo que la foto y los comentarios decían. Pero, ¿cómo ganarle a Facebook, a las pruebas? ¿Cómo explicar su extraño comportamiento y la desenfrenada fiesta destructiva? Lucas no quiere mentir. Pero en el callejón sólo ve dos caminos: uno es decirle que estuvo de viaje por un día en el 2006 y que él en el 2015 no era él (“¿Entonces quién?”, le pregunta una Noelia mental a un Lucas hipotético que tampoco sabe qué responder, y el fluorescente se apaga).

La otra opción es mentirle. Luz.

El problema con esta última estrategia es que no sabe qué inventar. Había una foto, comentarios estúpidos de sus amigos riéndose del tropezón infiel y una docena de etiquetas de las amigas de Noelia que oficiaron como testigos 2.0. ¿Qué podría decirle? Oscuridad.

“Batería baja, conecte el cargador”. Lucas suspira impotente, se muerde el labio y le da vueltas y vueltas a su memoria. Pero nada… Se agarra la cabeza y se enfurece consigo mismo, con su suerte, con el 2006 y con todo lo que le está pasando. Se indigna con Noelia y su actitud infantil de no atender las llamadas. Se enoja con el mundo, con la Circunvalación, con la batería del teléfono y con las, como él les dice, “pelotudas de las amigas” de su novia, que en realidad no tienen nada que ver y por eso con la mano ensaya un “perdón” que el conductor de un 206 vio antes de pasar por debajo del puente creyendo que lo saludaban.

De pronto, y cortando sus pensamientos, el teléfono suena. Lucas quedó paralizado. Por fin Noelia decidió llamarlo.

El aparato vibra y suena en su bolsillo derecho: su corazón golpea bruscamente, la sangre se le agolpa en la cabeza y podría pensarse que por eso sus piernas se debilitan. Traga saliva y ordena sus pensamientos, alinea su estrategia, arenga a sus cuerdas vocales para el “¡Hola, mi amor!” más sincero de su relación.

El mundo queda en calma. Lucas se aclara decididamente la garganta. La mano, el cuerpo entero le tirita nervioso mientras saca el teléfono del bolsillo, lo acomoda entre su palma y… “Llamada entrante: Pablo”.

 

“¡Pero la puta madre!

– ¡Hola! –contestó Lucas irritado por el chasco.

– ¡Capo! Apareciste. Alta hard party la de anoche, ¿no? Increíble. Me estuviste llamando, loco, ¿qué onda, pinta salida otra vez? Mirá que laburamos mañana.

– No, Pablo, escuchame… estoy con unos quilombos ahora. Por lo de anoche. Yo… yo no era yo, no sé qué pasó.

– Ah, bueno… a vos te dura el pedo parece.

– No, no… mirá, tengo alto bardo con Noe. Apareció una foto en…

– Facebook, ya sé…

– Sí, bueno, pero la cosa es que yo no hice esas cosas anoche. Yo estaba en otro lado. Capaz que vos ya no te acordás pero yo anoche estuve en otro lugar… ¿me entendés? –Lucas le dijo esto último a Pablo con tono cómplice.

– No…

– ¿No te acordás? ¿En el 2006? ¡Dale, hijo de puta, si ayer estuve con vos tomando una coca!

– Sí, ayer estuviste conmigo tomando una coca pero le echábamos fernet, ¿te acordás? Y terminamos todos re en pedo.

– Pablo, te va a parecer que estoy loco pero te tenés que acordar, bro, que un día caí a la escuela, hace mucho, diciendo… -Lucas se sintió invadido por una repentina sensación de vergüenza- diciendo que venía del futuro. Decime que te acordás…

– …

– ¿Hola?

– Te juro que siempre pensé que eso había sido una joda tuya. Que un día te levantaste y dijiste “les voy a hacer una joda a los pibes”. Tengo que reconocerte que es un chiste bastante elaborado, Lucas: esperaste diez años para volverlo a hacer –al principio Pablo hablaba serio, pero al final las palabras se le cortaron por una sonora carcajada seguida de un “qué hijo de puta” casi inentendible.

– No, Pablo, en serio, escuchame. Todo lo que dije ese día, sobre que venía del 2015, era de verdad, ¿me entendés? Yo de verdad estuve de nuevo allí, ayer, y hoy me encuentro con esto que no sé cómo pasó.

– No te lo puedo creer… pensé que te habías olvidado de esto, viejo. ¡Sos un hijo de puta! –volvió a decirle Pablo riendo- ¡Esperaste diez años, bah… -saca la cuenta-, nueve… para volver a hacernos la joda! ¡Qué pedazo de hijo de puta!

– A ver, Pablo, no es ninguna joda… empecemos de nuevo. ¿Vos te acordás que un día caí a la escuela diciendo que venía del 2015? ¿Hola?

– Sí, se corta… See, cómo olvidarme, culiá, si nos reímos de vos una semana. Después estuviste raro un par de días. Decías que algo te había pasado, un sueño o un pedo sobre otro año, qué sé yo. Ah, que era otro año y que estaba increíble…

– ¿Qué?

– “Increíble”, dijiste que habías estado en otro año, como del futuro -Pablo volvió a reír- y que era “Increíble”, o qué sé yo, loco; alta mentira. Me acuerdo porque repetías mucho esa palabra: “increíble”. Hablabas de que todo estaba caro y cosas así. Le pegaste en eso, ¿eh? Sí, no me acuerdo si “eras de otro año” o “habías estado en otro año”. ¡Esos chamuyos baratos que nos tiraste…! Me acuerdo solamente que un día viniste diciendo eso y al otro día también.

– ¿Al otro día? –“Batería baja, conecte el cargador”- Bueno, Pablo, mirá… no tengo mucha carga y quiero hablar con Noe apenas pueda. ¿Dónde estás?

– En mi casa…

– Mirá, hagamos algo: voy para allá y tomamos una gaseosa; no me acuerdo mucho de lo que pasó anoche y quiero que me contés de qué te acordás, ¿puede ser?

– Eh, sí… venite.

– De paso me ayudás con todo este quilombo de Noe. Te juro que no sé qué hacer…

– Ajo y agua, hermano… ajo y agua.

“Ajo… derse, y agua… ntarse -completó Lucas cuando Pablo cortó.

Aliviado y sin la falaz sensación de soledad que lo acompañó toda la tarde, Lucas decidió buscar a Noelia al otro día. Le contaría la verdad: que no sabía cómo ni por qué pero se despertó el lunes en el año 2006; que estuvo nuevamente con sus excompañeros en la escuela y que pudo vivir otra vez su adolescencia, con el MSN, los celulares monofónicos y los papelitos en lugar de WhatsApp. Un mundo en donde tuitear no era algo importante, ni las redes sociales eran algo casi obligatorio para poder tener amigos. Le hablaría de lo lindo que se sentía poder dormir siesta después de la escuela y no tener nada que hacer a la tarde; y, a riesgo de parecer tacaño, poder comprar una gaseosa con dos pesos. ¡Estar al pedo! Definitivamente le hablaría de lo feliz que se sintió de estar sin hacer nada y no sentirse culpable o con la permanente presencia de las oblicagiones a medio terminar o jamás empezadas.

Pero si había algo que definitivamente le contaría (y esta, pensaba, era su carta ganadora) era lo celoso que se sintió cuando en pleno 2006 recordó que ella estaba de novia con otro y que por más que la amara con toda su alma no pudo ir a buscarla ese día: no se conocían, no habían compartido tantos momentos ni habían construido un vínculo.

“¡Ya fue! No queda otra que dormir. Mañana le escribo”. Cansado, descompuesto y con un fuerte dolor de cabeza pero aliviado por saber qué hacer para intentar remediar su problema con Noelia, Lucas dio por finalizado todo y decidió ir a la casa de su amigo. “Si algo he aprendido de los noviazgos, es dejar que las aguas se calmen para poder solucionar los problemas”, pensó mientras abría el auto.

Lucas se dejó caer en el asiento. Se echó sobre el volante y metió la llave en el tambor del arranque. Giró la mano y el motor comenzó a ronronear; prendió el estéreo y la música fluyó desde todas partes con un volumen agradable y un solo de saxo que no reconoció. Lucas recostó la nuca en el apoyacabeza y puso primera. Suspiró profundamente, cansado, y se acomodó para mirar por el espejo para ver si venía algún coche. Los ojos le ardían de sueño; el cuerpo entero estaba agotado.

Venía un auto. Parpadeó varias veces y sacudió la cabeza, sacó el cambio para poder restregarse los ojos y relajar las piernas. Soltó lentamente el embrague y la oscuridad empezó a invadirlo de a poco. Cabeceó, como cuando empezaba a quedarse dormido en el colectivo, pero era muy tarde: ya no había estéreo, ni auto ni cansancio; y la música provenía de un C115 que le decía que era hora de ir a la escuela.

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