2006: Capítulo VII

Asociación ilícita

La luz azul le ilumina la cara mientras lee una y otra vez la hora y la fecha en la pantalla: las 7:38 del miércoles 29 de marzo de 2006.  “Increíble… la puta madre”, piensa Lucas. Sin ganas de nada, perdido, se tira contra el asiento del acompañante y respira profundo.

Por la ventanilla ve una ciudad que despierta al ritmo de las primeras farolas que se apagan, en serie, calle por calle. Adivina luego el amanecer en algunos picos, rosados por los dedos de la aurora, que al oeste se iluminan antes que nada. Otra vez. Exhala.

 

Febo asoma, otra vez, y el 504 oliva aparentemente intrascendente cruza por una Circunvalación recién parquizada rodeado de anónimos, mientras un sol repetido le ilumina el capot, luego el parabrisas y finalmente el interior. Lucas entrecierra los ojos hasta que se le acostumbran al brillo diurno. Hace millones de años esos fotones nacieron en el interior del Sol, nadaron dentro de él y luego fueron expulsados hacia el espacio; ocho minutos después la Tierra se cruzó en su camino y terminaron en las retinas de Lucas. Originalmente habían impactado contra cualquier otra cosa, incuso contra los párpados cerrados de Gema que dormitaba en el asiento delantero. Pero esta mañana las partículas, u ondas, terminaron su viaje millonario siendo materia prima para un impulso nervioso, para una sensación; quizás también para una idea.

Pero Lucas cerró los ojos, ofuscado.

– ¿Te pasa algo, hijo?

– ¿Qué…? –dijo Lucas saliendo de sus pensamientos.

– Que si te pasa algo…

– Está todo bien –y la sonrisa forzada sólo empeoró las cosas.

– Te noto algo preocupado, nervioso. ¿Seguro que está todo bien?

– Sí, pa… está todo bien. Tengo sueño nada más.

 

El padre de un hijo adolescente no insistió.

Lucas, por su parte, agradeció el silencio: por su mente hervían complicaciones en dos dimensiones a la vez, con responsabilidades cruzadas y conflictos con personas de un lado del tiempo y del otro. Allá, en el 2015, tiene o tenía una novia con la que necesita componer las cosas; tiene o tenía un trabajo al que no había ido en dos –“con este ya son tres”- días, un sueldo diezmado y vaya uno a saber qué otras complicaciones más cuando despertara. Y acá, para empeorar las cosas, debía ir a la escuela – “¡Otra vez!”-, hacer de cuenta que era un adolescente de 15 años –“Extrañamente más difícil que serlo de verdad”- y ver la forma de no modificar en nada la cadena de hechos. “Si algo se arruina en el 2015 puedo arreglarlo. Pero si cambio algo acá puedo complicar una banda las cosas. Ya hablé e hice demasiado… Ojalá que mañana no lluevan donas”.

En realidad, y a esto Lucas lo ignoraba, casi todo estaba sucediendo por segunda vez. Y lo que no, los seres y cosas que habitan el “casi”, como el yerbeado que no tomó hoy pero aquella vez sí; o el bocinazo matutino y rutinario que ahora le pasó inadvertido y ese otro miércoles no; o incluso el “Hola, pa” alegre y casual que supo decirle a su padre y que ahora apenas si había sido un “hla” o un “holh” a medio pronunciar; si todo eso pasaba inadvertido aun para el propio Lucas era porque, sin notarlo ni saberlo, sus acciones cotidianas cambiaban mínimamente la original sucesión de los hechos: prometerse no interferir, cuando en su momento se pensó o se hizo otra cosa, ya era interferir, aunque ese acto no supusiese conscientemente una transgresión al devenir.

¿Pero qué consecuencias podría traer, por ejemplo, que un puñado de fotones nadaran ahora en su cerebro y no, como pasó en su momento, terminaran reflejados en el asfalto para irse quizás nuevamente al espacio? ¿Algún brote tierno perdió la carrera contra otros, posiblemente ya tallos, sólo porque esos segundos de luz no lo alimentaron? ¿La cotidianeidad no es acaso eso, una serie de mínimos cambios, interacciones y fluctuaciones entre los seres y las cosas? ¿Cómo medirlo? Con esta clase de pensamientos, propios de aleteos maripósicos, llegó Lucas a la escuela:

– ¡Hola, gente! ¿Cómo va? –saludó al entrar al curso.

Un murmullo le contestó y desde el fondo una mano se levantó cerca de la ventana. Al llegar allí, Pablo le chocó el puño y le dijo:

– ¿Sos el de acá o el del 2015?

– ¿Te digo la verdad o te miento?

– Mentime, que me gusta…

– Soy el de acá, por supuesto –ironizó Lucas mientras dejaba la mochila en la silla.

– ¿Hasta cuándo vas a estar con esto, che?

– Mirá –tomó aire- no me creás si no querés. Está todo re bien. Pero hagas lo que hagas no se lo contés a nadie, ¿sí? Esto es un quilombo. Un quilombazo. Anoche, recién, hablé con vos…

– … nop…

– …anoche en el 2015…

– Ah…

– … y las cosas estaban muy mal. Con mi novia (o exnovia, a esta altura no sé) está todo para atrás y con mi laburo también. La verdad que no sé qué hacer, viejo; no sé por qué estoy acá. No sé nada…

– Holaaa –saludó generalmente Mica al entrar al curso, a lo que Pablo preguntó burlonamente:

– ¿Sigue estando rica…?

– No sé por qué cosa indignarme más, chabón: por Mica que sigue siendo hermosa, top, “deveeena” y es modelo, o por vos que me boludeás.

– ¿Vos qué harías –le preguntó Pablo a Fernando, que llegaba- si un día caigo y te digo que vengo del futuro?

– Uh, veo que seguimos con la película… -respondió acomodando sus cuadernos debajo del banco.

– ¡Culiado, no puede ser que no me crean!

– Es que no te podemos creer, loco –dijo Pablo- no podemos. O sea, o te estás drogando o tenés un problema en la cabe…

– … no me pasa nada…

– ¡Entonces danos pruebas! –susurró Pablo-. Demostranos que de verdad viviste todo esto y que venís del futuro… No sé, decís que no te acordás mucho de las cosas pero algún detalle tiene que haber, vieja, un resultado, ¡una noticia…!

– Claro, loco –agregó Fernando-. Así podríamos, de paso, ¿no?, apostar…

 

Los incrédulos estallaron en risas. Lucas suspiró agotado. Luego dijo:

 

– A ver, ¿qué parte de que no me acuerdo de los detalles no entienden, caras de…? Ya les dije que solamente me sé los resultados importantes, por ejemplo, o cosas generales sobre música y giladas. No me acuerdo de un Banfield-Chacarita o un San Martín-Villa Obrera. No me acuerdo. ¿O ustedes se acuerdan de los resultados de otros años? –los anfitriones temporales negaron con la cabeza-. Lo mismo me pasa a mí. Ojalá pudiera darles pruebas, pero ni siquiera me acuerdo qué programas pasan por la tele. Nada.

– ¡Buenos días, chicos! –saludó la profesora de Matemática.

– Suponete que es cierto, que venís del 2015 y que no te acordás los detalles finos –comenzó a especular Fernando-, pero sí ciertas cosas puntuales…

– … más o menos…

– … como campeonatos y cosas así, o hechos mundiales importantes…

– Eso…

– Bueno, ¿te acordás cómo salió River la semana pasada, contra Paulista?

– No… Ni idea. Te dije que esos partidos no me los…

– Bueno, dejame que piense uno importante…

– Ni me acuerdo si Boca la juega a esta Libertadores, con eso te digo todo. Creo que no… ¿no?

Pablo y Fernando se miraron. Luego este último dijo:

– No, no la juega. Me hacés dudar, viejo… me hacés dudar…

 

Con el curso casi lleno y la profesora en el aula no quedó más tiempo para continuar la charla. Sin embargo Fernando y Pablo estaban comenzando a pensar que sea lo que sea que le pasara a Lucas, tanto su comportamiento como sus dichos cuadraban en que algo fuera de lo común estaba pasando. Pablo era el que más dudaba: insistía con la idea de la muy posible y elaborada joda. Fernando, por su parte, estaba en un equilibrio entre esto último y creer realmente; aunque también sentía una cuota de temor por una posible enfermedad o mal.

Lo que sí compartían ambos era la necesidad de pruebas; ese dato revelador, ese “va a pasar tal cosa” con una seguridad nostradámica que les demostrara que sí, que efectivamente el Lucas que tenían al lado suyo copiando lo que la profesora puso en el pizarrón provenía de un futuro no tan lejano pero diferente. En parte querían firmemente que nada de esto fuera un chiste, que de verdad pudieran vivir algo tan loco como un amigo que de un finde al otro viene del futuro. Pero tampoco querían pasar por crédulos…

Y Lucas, por su parte, pensaba y trataba de recordar algún resultado, alguna noticia relevante o una pelea histórica en la escuela para tratar de demostrar que decía la verdad. Pensaba en eso y en la lógica de levantarse un día en un año y al siguiente en otro. “Lunes, sí; martes, no. Miércoles, sí… ¿jueves, no?”. Además, comenzaba a sospechar fuertemente que si él estaba aquí usando su cuerpo adolescente era muy probable –“A esta altura todo puede pasar”- que su cuerpo adulto estuviese siendo ocupado por el Lucas modelo 2006. Y mientras la profesora explicaba cómo despejar ecuaciones complejas y el curso se sumía en un silencio sólo interrumpido por una puerta, algún capuchón o uno que otro susurro, el desorden del departamento lentamente comenzaba a tener ¿explicación?

En esas reflexiones estaba el grupo cuando llegó Francisco acelerado. El apuro era mitad por la tardanza y mitad por la intriga:

– ¿De cuándo sos? –le preguntó a Lucas directamente.

– ¡Shhh! Más despacio la conch.. de tu madre…

– De cuándo sos? –susurró entonces.

Lucas miró para todos lados y respondió, cómplice:

– Del 2015…

– ¡Los chicos del final, por favor…!

– Tengo una idea, en el recreo te la cuento –dijo Francisco y terminó su breve interacción con un guiño.

 

 

 

– ¡Hay que apostar, culeaaa!

– ¡Nooo! –gritó Lucas.

– ¡Se nos ocurrió lo mismo, guacho! –confesó eufórico Fernando.

– Es que es la mejor –amplió Francisco: aprovechamos al de bigotes –señalando a Lucas- y nos hacemos algunas monedas.

– No, miren –Lucas trataba de no reír- en serio… No sé para qué les dije: ¡no podemos apostar…! No.

– Tiene que ser por partidos oficiales –indicó Fernando ignorando la negativa.

– Sí, todos los de AFA y también los del Mundial… -dijo Pablo.

– ¡Pero faltan tres o cuatro meses para el Mundial! Además no podemos hacer esto. ¡Para estas cosas sí me creen, manga de…!

– No te creemos –cortó Pablo-. Por lo menos yo no…

– Hagamos una cosa –dijo Francisco: que Lucas nos tire algún resultado, algún dato. Si de verdad viene del futuro que nos diga cómo salen los partidos este finde. Le creamos o no durante la semana, es cosa nuestra. Yo algo le creo. Lo noto raro.

– Pero faltan las pruebas, es al pedo –acotó Fernando.

La cara de Lucas trocaba en sonrisa. La misma que ponía cuando estaba enojado y alguien lo hacía reír. Luego dijo:

– Están re locos ustedes, y yo más por haberles dicho. ¿Saben qué? Era una joda. No vengo un carajo del 2015.

– Yo sabía que era una joda –dijo Pablo.

– Sí, claro –se atajó Francisco- ¿y todo eso de los celulares, la música y lo que nos contaste te lo inventaste este finde o lo viste en una película? Decí la verdad.

– Este agarró un libro o una colección de ciencia a ficción y nos está metiendo alta mula… –bromeó Fernando y todos rieron.

– ¡Qué va a ponerse a leer este culiao! –agregó Francisco- No lee ni los subtítulos… Apostemos, cagón. Dale.

– Son unos hijos de puta. ¡Para colmo re originales! O sea: “Vengo del futuro”; “entonces apostemos”. Déjense de joder… Aunque -reflexionó Lucas en voz alta- posta, no sería mala idea comprar algunos dólares… No, miren, en serio: no. Mejor prométanme algo: no importa lo de las apuestas o lo de las pruebas. Solamente, promet… júrenme que no le van a decir nada a nadie. Es lo único que me importa.

– ¡Daaale…! -dijo Francisco como si le extendiese un contrato con el diablo.

– ¿Pero vos te estás escuchando, loco? –lo increpó Lucas.

– Pará: ¿te estás escuchando vos?

– Eu, hablen más despacio –aconsejó Fernando- que hay giles cerca.

– Porque acá –continuó Francisco más calmado- el que llegó con todo esto de que viaja para el 2015, que vuelve al 2006, que otra vez viene y qué sé yo que otras giladas más, sos vos, no yo; y si de verdad viajás en el tiempo apostemos, dale. Apostemos vos y yo, y apostemos con los demás chabones…

– No, entre nosotros no –dijo Fernando-. A mí se me había ocurrido apostar pero como en la Quiniela. ¿Cómo se llamaba la quiniela que había antes pero con los partidos? –el resto hizo caras de no conocer de qué hablaba Fernando.

– Ni idea –respondió Lucas- pero no, locos, no da para apostar nada. En serio. Háganme caso.

– No, guacho, hay que aprovechar –insistió Fernando-. Esa es la mecha.

Y Lucas, viendo que no podría convencer a sus amigos y que, además, le hablaban mitad en serio y mitad en joda, decidió seguirles la corriente:

– Está bien… me convencieron, culiados. ¿Quieren apostar? Apostemos. Pero si vamos a hacer esto tiene que ser para callado, bien para callado. Y no le van a contar a nadie ni de las apuestas ni nada que les confiese sobre el 2015, ¿estamos? –y el sí al unísono casi se mezcló con el timbre de finalización del recreo.

 

La planificación continuó durante la hora de Ética, donde oportunamente tuvieron que reunirse en grupo. Entonces Lucas, sin saberlo y actuando verdaderamente con naturalidad, opinaba y decidía sobre las ideas y ocurrencias (casi todas inviables) de sus compañeros. La diferencia de edad, desde afuera absolutamente imperceptible –salvo, quizás, en cierta actitud recatada de Lucas en general-  se notaba bastante en el interior del grupo. Por lo tanto, de a poco y sin intención, Lucas se convirtió en el líder de esta pequeña asociación ilícita, aunque no exista reglamentación conocida que la prohíba.

De todas maneras, y para evitar problemas, Lucas propuso una serie de reglas. La lista decía:

– Uno: Quedan prohibidas las apuestas individuales: nadie puede jugar ni un chicle por su cuenta y mucho menos sin la autorización mía –Lucas los miró serio, con el índice levantado. Luego siguió leyendo: Dos: debemos estar los cuatro presentes, sí o sí, y nadie más que nosotros. Ni los de 1º 2ª ni los de 1º 4ª ni los giles de 1º 5ª… nadie. Tres: los contrincantes tienen que ser personas de confianza y de nuestra edad, preferiblemente pichones… ahí sí pueden ser los giles de 1º 5ª –las risas llamaron la atención de la profesora, que los hizo callar-. Cuatro…

Hacia la hora de salida el plan era perfecto, o por lo menos lo más perfecto que una persona de 24 puede elucubrar con tres más de 15 y que no comparten el mismo discurrir temporal:

– Ocho: En algunas ocasiones, para no despertar sospechas, tenemos que dejarnos ganar. Nueve…

Además, Lucas se comportaba como el primo mayor que lleva por el mal camino a los más chicos:

– Doce: un porcentaje de las ganancias irán a un fondo común para salir a bailar; así que ya saben: vayan pidiendo permiso. Trece…

Nada de apuestas por encima de los 20 pesos; siempre algo como para comprar gaseosas, la plata del colectivo o sánguches. Eso serían las “microapuestas”, palabra que el Lucas de este año nunca hubiese utilizado. Las “apuestas fuertes” tendrían topes de 50 pesos y siempre con partidos importantes. “Nada de te apuesto 100 pesos a que Crucero del Norte le gana a Vélez”.

– ¿”Crucero del Norte”? ¿Quiénes son esos culiados?

Lucas se encargaría de buscar la información en internet, tan accesible como se lo imaginaba, y memorizaría algunos resultados y otros hechos para usarlos de prueba. Además del sistema de las apuestas había aceptado el reto de Francisco: 100 pesos (Lucas había querido apostar mil, algo irrisorio) a que todo esto era “alta mula”. Tenía hasta el lunes para probar lo contrario.

– Y una cosa por demás importante, muchachos –aclaró Lucas, ya esperando el timbre de salida: Si un día un viejo loco con un muchacho preguntan por el almanaque, ustedes niegan todo…

– ¿Ah…?

– Nada, nada. Una joda. Pero, posta, si yo vengo mañana y no les digo nada sobre las apuestas, háganse los tontos.

 

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