La leyenda de Elxan J. Hasanov

“Elxan J. Hasanov. 36. Arquero. Plaza: extranjero”. Así comienza el legajo que ostentan en la Administración del Club Sportivo Peñarol. La carpeta Nº 4680 le pertenece al glorioso arquero de irregular barba e  inolvidables atajadas.

En la pretemporada del 99 el Club Sportivo Peñarol se planteó la idea de incorporar refuerzos en tres zonas: la zaga central, el ataque y el arco. Sin embargo, el presupuesto con el que contaba la institución sólo le permitió costear la contratación de un central, un punta y un carrilero, que debería acostumbrarse a la fuerza a habitar la medialuna del área propia. El arquero quedó en veremos, para la alegría de los pibes de la reserva.

Ese año Peñarol jugó cuatro amistosos de pretemporada, y los perdió a todos. El papelón más grande fue contra el desaparecido Atlético Las Tumanas –que, pese a llevar el nombre del río vallisto, era de Chimbas- perdiendo 8 a 2, con tres expulsiones y cinco amarillas en un encuentro dividido en dos tiempos de 20 minutos cada uno. La crisis futbolística no era otra cosa que una extensión de los problemas financieros: el arquero tenía sólo 14 años, y llevaba apenas un año entrenando; al plantel no se le pagaba desde noviembre y no había esperanzas de ver dinero hasta marzo.

No obstante, en febrero la Providencia quiso que un desconocido se bajara erróneamente del colectivo en la puerta del club. Este individuo no hablaba español, inglés, ni cualquier otra lengua occidental. Golpeó en la puerta y lo atendieron, confundiéndolo con un mormón. ¿Su nombre? Elxan J. Hasanov, The Legend.

¿Es éste el Faro del Fin del Mundo?

El caluroso y medianamente húmedo día del 4 de febrero de 1999 será recordado por muchos como la jornada en la que la leyenda pisó por primera vez Peñarol. Una barba de varios días y una camisa de más tiempo aún, un folleto del Faro del Fin del Mundo y dos bolsitos marrones era lo que podía verse de este extraño sujeto. El portero no lo quiso dejar pasar, confundiéndolo con un mormón, pero un par de señas y jueguitos con la pelota lo convencieron de que en realidad era un jugador.

Hasanov había nacido en Bakú, capital de Azerbaiyán, y desde los 19 años se desempeñaba como arquero del Neftchi, el único equipo de su liga que había cruzado la frontera para hacerse conocido en Ucrania o en Yugoslavia. Un aviso en el diario de su país promocionando Ushuaia lo había traído desde Asia hasta este rincón de Sudamérica, pero su desconocimiento del idioma y su alevosa cara de pichón lo dejaron varado en la terminal de San Juan, preguntándose cómo habían hecho los argentinos para tener pingüinos en un lugar tan caluroso. Así las cosas, ahora se encontraba caminando por los pasillos de Peñarol, pensando que lo habían reconocido o que se trataba de un tour.

El portero lo llevó hasta los vestuarios para presentárselo al DT. Hasanov amagó un saludo en su idioma, pero pareció más el preparativo de un esputo que el cordial “Lo saludo con el aprecio de un gran camarada” -que es lo que el 1 azerbaiyano dijo-, y ante la extraña mirada del DT y la escurridiza partida del portero, Hasanov besó tres veces al 9 e hizo una reverencia ante el 4. “Éste debe ser el nuevo canchero –dijo el DT-. Vení, pibe, te muestro el pozo que tiene el área chica. No se puede jugar de ese lado”. Tomó a Hasanov por el hombro y partieron para el verde césped, hablando sobre cuestiones de semillas y riego. El arquero lo miraba y asentía.

Una vez en el área, el DT se disponía a mostrarle la imperfección cuando Elxan sacó la pelota de uno de sus bolsos y se la tiró entre arengas y palmas. Se colocó bajo los tres palos y esperó. El técnico no entendía nada. Hasanov instó con sus manos a que le disparara, y cuando el pie derecho del DT golpeó la esférica y ésta partió a besar el palo derecho del arquero, éste voló increíblemente y la contuvo en su mano.

Hasanov se puso de pie y le pasó la pelota nuevamente. Golpeó sus manos y lo invitó a disparar otra vez. Ahora el DT, aceptando el desafío, la tiró con más fuerza, y buscó el ángulo izquierdo del 1. Inclinó su cuerpo y abrió el pie; le dio con un poco de rosca, como para que se alejara de Hasanov y vuelva, luego, hacia donde hacen sus niditos las arañas. La curva fue perfecta, digna de eternizar, pero más inmortal fue la atajada a mano cambiada del azerbaiyano. Impecable.

De quince tiros sólo entraron seis, suficiente como para contratarlo en el acto.

Pese a sus negativas, Hasanov fue llevado ante el presidente del club y éste le explicó que buscaban un arquero como él, con su técnica y con su presencia intimidatoria. Le preguntó por su representante, por su equipo en Asia y por su sueldo. Hasanov respondió que cómo se llegaba a la playa, dónde estaba el baño y que le gustó mucho jugar con el “señor pelado” al fútbol, pero que debía irse. La firma del contrato se llevó a cabo esa misma tarde, ante escribano público y con el abogado personal del DT como representante legal del pobre Elxan, que ni había comido, ni había llegado al baño.

Una pretemporada de tres días

Luego de las fotos para el diario y del ágape por la incorporación (realizado a las 22, y considerado la primera ingesta sólida de Hasanov desde su llegada a San Juan, a las 5 de la mañana), el presidente le mostró un calendario y le indicó, como enseñándole a leer, el día en el que se encontraban:

–          Hooooooy es jueeeeeves; mañana no entrenamiennnto. Sáaabado tampocooo entreenar. Domingoooo menooosss

–     ¿Bu mən mayak almaq? («¿Con esto llego al faro?»)

–          Ahá; Sí, sí… usted vieneee lunesss. Diez de la maaañana –mostrándole el reloj- ¿entendió?

–     Xeyr, mən baxmaq deyil . Mənə vaxt deyə bilərsiniz? («No, no tengo reloj. ¿Puede decirme la hora?»)

–          ¡Muy bien! Un abrazo enorme. Lo esperamos el lunes. Hasta mañana. Hable con el sereno para ver dónde duerme esta noche. Le prometo que la semana que viene le conseguimos dónde quedarse.

Luego de esto todos se fueron con saludos efusivos y promesas de un glorioso futuro. Apagaron las luces y cerraron los portones del club, y lentamente el club fue quedándose en silencio a medida que los autos y las risas se alejaban. Hasanov se quedó parado en el mismo lugar por un rato y sin saber, todavía, qué estaba pasando y qué debía hacer. Un solitario grillo cantó una monótona sinfonía durante casi una hora sin que ningún otro sonido lo interrumpiera, señal inequívoca de una sola cosa: no había sereno.

Por la mañana encontraron a Hasanov durmiendo sobre un armario, y procuraron no hacer ruido. Cerraron las cortinas y lo dejaron ahí hasta que se despertó solo.

La comisión directiva del club recibió con buenos ojos a la nueva incorporación, sobre todo porque durante la madrugada había arreglado una pérdida en el baño de uno de los vestuarios. Por la tarde le presentaron al resto del plantel, y lo llevaron al centro para comprarle la indumentaria con la que atajaría. Algunas fuentes indican que, bajo la promesa de un reintegro, la dirigencia pagó las prendas (que no se habrían limitado sólo a las del arquero) con dinero del propio Hasanov, pero tal acusación nunca quedó muy clara.

El sábado no hubo actividades en el club, y el domingo Tello, el tesorero, pasó para dejarle un poco de asado y una gaseosa. Hasanov se le presentó un tanto nervioso e incómodo. Cada tanto miraba para un rincón y susurraba vaya uno a saber qué. Recibió al tesorero desde la puerta, sin que éste pudiese ver el interior de la oficina. El cuidapalos tomó la bolsita con la comida y lo despidió rápidamente con excusas que sólo él entendía. Tello no le dio mucha importancia al asunto y se fue. Elxan esperó unos minutos en silencio y cuando estuvo seguro de que el hombre se había marchado –se asomó varias veces por el pasillo y por una ventana- engulló parte de la comida, preparó otro sánguche, miró hacia un rincón y lo ofreció, lo volvió a ofrecer con insistencia y luego hizo un gesto con la cabeza (como diciendo “bueno, si no querés…”) y se lo comió.

Al otro día una secretaria encontró una tanga en una de las oficinas, signo indiscutible del porqué del nerviosismo de Hasanov y de su insistencia para que el tesorero se marchara.

Ese día el azerbaiyano entrenó junto a sus compañeros y entendió qué hacía allí: era el nuevo arquero del Club Sportivo Peñarol, en un país que no conocía, con un idioma que no entendía y con un grupo de compañeros que se reían de él. Pero no le importó. Aceptó el desafío y la casi inexistente paga –como se verá más adelante- y se convirtió en el 1 estrella del equipo, la sensación de San Juan. Elxan J. Hasanov, La Leyenda.

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